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Marqués de Sade; el encantador y violento padre del sadismo

Este personaje veía sus preferencias sexuales como un manjar de erotismo y filosofía
Estephanie Gutiérrez | 2 de Junio de 2015 | 07:45

No hay a ciencia cierta un retrato de cómo fue el Divino Marqués, algunos lo dibujan como un hombre atractivo de ojos azules, con un rostro hermoso y afilado. Bajo de estatura, con 1.60 metros, y como la persona más inteligente y amable que uno pueda conocer. Otros autores lo señalan como más que guapo, un hombre pálido, rubio, pero con el encanto en los fieros ojos que poseía. Se dice que ninguna dama podría resistirse a los atributos del caballero.

Como vástago de la nobleza, Sade nacido el 2 de junio de 1740, fue criado por su abuela y por su tío, un hombre letrado que lo ayudó a entrar al Collège Louis le Gran, que entre sus exalumnos contaba a Robespierre; la escuela era conocida por sus duras reglas y estrictos códigos de conducta. Luego de la escuela, estuvo activo en el Ejército, donde se inició con sólo 14 años; esta fue la época en la que se formó su carácter como fanático del vicio, Filósofo del Vicio le llamaban.

Sade se casó por dinero con Renée-Pélagie de Montreuil, pero luego de la boda, Sade, libertino desde pequeño, se mantuvo como un hombre infiel, ávido por satisfacer sus perversiones sexuales así que comenzó a usar prostitutas para sus fines, entre ellas a Rosa Keller, a quien azotó y torturó en el episodio conocido como el Escándalo de Marsella, una orgía  en la cual se acusó al noble de sodomizar y envenenar a los participantes de la misma con bombones de cantárida recubiertos con chocolate.

La suegra de Donatien-Alphonse-François (Sade) furiosa por la vida que daba a su hija, hizo todo lo posible porque lo condenaran a prisión, lo que valió la sentencia a la pena de muerte para el Marqués. El castigo provocó que el noble huyera a Italia, pero cuando regresó a París fue encarcelado nuevamente.

A pesar de que las autoridades conmutaron la pena, pues la mayoría de las acusaciones eran falsas; Sade estuvo muchos años en prisión desde 1777, 13 de ellos en Charenton, manicomio por decirle de alguna forma, pues era una combinación entre cárcel, psiquiátrico y un lugar de confinamiento solitario.

Para bien de sus seguidores, fue en la prisión donde comenzó a escribir novelas y obras teatrales que le dieron un renombre mundial, como Los 120 días de Sodoma (1785), que pasa revista a 600 variaciones del instinto sexual, pero es también una alegoría de la sociedad conservadora y libertina de la época; Justina o las desgracias de la virtud (1790) y La historia de Juliette, o el vicio recompensado (1792) son algunas de sus obras repletas con mil descripciones de crueldad sexual.

En 1801, a raíz del escándalo suscitado por la publicación de La filosofía del tocador, fue internado de nuevo en el hospital psiquiátrico de Charenton, donde murió.

Sade, nunca quiso reformarse, pues más que una enfermedad, veía sus preferencias sexuales como un manjar de erotismo y filosofía que no todos podrían arriesgarse a disfrutar.

Sade  escribía y dirigía obras teatrales de moda representadas por los asilados, a muchos de los cuales corrompía de paso. A veces sus visiones eran profundas y notables, pero su mente era, en general, un instrumento desordenado y desquiciado que se reflejó en su vida y en su obra licenciosa.

Las letras de Sade dieron resultado a lo que hoy llamamos sadismo, que se denomina a la satisfacción de los placeres sexuales al infligir dolor a los demás.

Calificadas de obscenas en su día, la descripción de distintos tipos de perversión sexual constituye su tema principal, aunque no el único: en cierto sentido, Sade puede considerarse un moralista que denuncia en sus trabajos la hipocresía de su época. Su figura fue reivindicada en el siglo XX por los surrealistas.

Con información de biografiasyvidas.com e historiaybiografias.com

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