Creo que en lo siguiente no me dejarán mentir: la juventud es uno de los episodios de nuestra vida más hermosos porque es cuando reinventamos lo inventado, descubrimos lo ignorado, nos aventuramos a lo nuevo, valoramos lo olvidado y todo esto al son del sentido del humor.
Pero también al ser la etapa en que queremos “comernos al mundo”, descuidamos ámbitos importantes que afectan nuestro entorno y desarrollo, esto a pesar de creer que lo exterior nos es indiferente.
Ante esto las preguntas son: ¿cómo construyes tu juventud?, ¿sabes quién eres?, ¿qué tanto conoces a... (piensa en ti)?, ¿has atentado contra ti?, y a éstas, agréguenle las que todos los días nos hacemos.
Pues bien, aunque parezca que se ha escrito mucho sobre la juventud, no es así, porque en primera suele confundirse esta etapa con adolescencia, debido al rango de edad en que está considerada –la juventud- que es de 15 a 25 años según datos de la ONU.
La riqueza de nosotros los jóvenes vendrá del descubrimiento de los valores y posibilidades que tengamos como personas. Vendrá también de la inclinación que se tiene en esta etapa a realizar o vivir de modo propio esos valores y posibilidades, el periodo de la juventud es el tiempo de descubrimiento intenso del ‘yo’ humano, de las propiedades y capacidades.
La fortuna que tenemos por ser jóvenes lamentablemente se reduce al hecho de pertenecer –cronológicamente- a una etapa de la vida establecida, es decir, sólo al estado físico; cuando la fortuna debiera ser por llegar a esta condición desde la pasividad, la indolencia o la indiferencia.
¿El futuro?
No consiste sólo en lo que se es en un momento determinado, sino también y, sobre todo, en lo que se quiere y se está dispuesto a ser en el futuro.
De esta forma, nuestra tarea es prepararnos para la armonía entre las exigencias y posibilidades de la vida interior con las posibilidades y exigencias del mundo externo (y no es redundancia), cuando se hace efectiva esta armonía nos acercamos más a la madurez fecunda.
Muchos jóvenes tenemos una “doble vida”, es decir, por un lado está la vida interior, llena de ideas, ilusiones, preocupaciones,... pero por otro está la vida exterior, con sus estímulos y solicitudes.
En ciertas cuestiones se observa una visión idealizada de las cosas y una escasa adaptación al ambiente en el que vivimos, nuestra falta de realismo hace que los proyectos se conviertan en sueños imposibles de realizar.
El problema consiste en que los jóvenes no somos verdaderamente jóvenes, o sea, necesitamos saber que ser joven significa vivir en sí una incesante novedad de espíritu, fomentar la búsqueda continua del bien, dar rienda suelta al impulso de transformarnos siempre haciéndonos mejores y poner en práctica una voluntad perseverante de entrega.
Ser joven es alimentar en el interior ese deseo del bien que permite ser más y mejor persona, es preguntarse seriamente por el sentido de la vida y no descansar hasta encontrarlo, pero para ello necesitamos elevar la mirada, no dejarla a ras de tierra.
Debemos aprender valores como la sinceridad y coherencia con nosotros mismos, debemos aprender a decir ‘no’ y ‘si’.
Entonces... creo que debemos revalorarnos y preguntarnos, preguntarnos, preguntarnos... la respuesta tal vez la encontremos más pronto de lo que pensamos.