"En México, por el simple hecho de ser mujer, todo
queda invalidado... En México, apenas una mujer es un poco inteligente, tiene
otras aspiraciones, quiere hablar, escribir, hacer algo, todos se confabulan
para ver qué le hacen, cómo la destruyen, cómo la dañan", éstas son las
palabras de la escritora Elena Garro, quien resume lo fácil que es acabar con
una mujer que grita cuando es obligada a cargar con el silencio.
Mujeres. Muchas, valientes y anónimas; otras, atrevidas
y orgullosas dueñas de su nombre. Y son ellas, en total 27 artistas, quienes
forman parte de la exposición Mujeres artistas en el México de la
modernidad: las contemporáneas de Frida. Todas ellas mágicas, amantes de su
género y poseedoras de una cualidad: se atrevieron a luchar por ser libres,
independientes y perdieron. Pagaron con su vida el alto precio de su talento y
su singularidad.
La muestra, que cierra el 12 de octubre, es organizada
por el National Museum of Mexican Art http://www.nationalmuseumofmexicanart.org/
en colaboración con el Museo Mural Diego Rivera,
recinto que hospeda la exhibición; el objetivo es dar a conocer las obras de
creadoras reconocidas en el ámbito nacional e internacional y de otras que
desafortunadamente fueron desterradas al olvido.
Entre ellas figuran Alice Rahon, Andrea Gómez, Carmen
Antúnez, Fanny Rabel, Lola Álvarez Bravo, Remedios Varo, Rina Lazo y Tina
Modotti. De todas estas vidas, me atrevo a elegir sólo tres y así brevemente
mostrar el porqué valen esa celebración. Cualquiera de ellas merece cientos de
escritos, sin embargo, la restringida dictadura del espacio sólo me permite
hablar de un trío de mujeres castigadas con el tiempo por tener voz propia.
Nahui Olin: Inigualable y
revolucionaria
"Sé que mi belleza es superior a todas las bellezas
que pudieras encontrar. Tus sentimientos de estela los arrastró la belleza de
mi cuerpo, el esplendor de mis ojos, la cadencia de mi ritmo al andar, el oro
de mi cabellera, la furia de mi sexo y ninguna otra belleza podría alejarte de
mí", afirmación propia de su perfección, la carta de presentación para esta
diva de los años 20.
Nunca había escuchado hablar sobre esta mujer,
amante de la belleza y la libertad, quien descubrió a muy temprana edad su
pasión por el arte y el escándalo: Cuentan que le gustaba montar desnuda sobre
un caballo mientras su familia se horrorizaba. Ella era Nahui Olin, la artista
transgresora y la hija del general Manuel Mondragón, fiel seguidor de Porfirio
Díaz.
Los padres de Carmen Mondragón, verdadero nombre de
la artista, la obligaron a contraer matrimonio muy joven para que retomara el
camino de las buenas costumbres. Ella eligió a Manuel Rodríguez Lozano, famoso
por su cultura, su inteligencia y belleza. Tres días antes de la boda, ella se
arrepintió, pero su familia la amenazó con meterla a un convento si no se
casaba.
Poco tiempo después, Carmen tomaría una de las
decisiones más descabelladas para aquella época: el divorcio. Y fue a partir de
este momento cuando la carrera de Nahui tomó auge; su arte cobró mayor fuerza:
el estilo naif o ingenuo que la caracterizaba pintó las imágenes más
típicas de la sociedad y la cultura mexicana de forma innovadora; además, su
poesía en lengua francesa se llenó de toques vanguardistas; impartió
innumerables conciertos de piano y participó en su legado más famoso: las
fotografías donde posó desnuda para el gran retratista norteamericano Edward
Weston, dejando ver su exuberante belleza.
Después de una vida tan vertiginosa, la imagen de
Nahui Olin se desdibujó. Otras pintoras llegaron a la escena y el tiempo
aprovechó para desvanecer su imagen. Se casó por última vez con el capitán
Eugenio Agacino. Al morir él, Nahui se dedicó más a la escritura y a enseñar
dibujo en una escuela primaria. Su última exposición fue en 1945 en el Palacio de
Bellas Artes, junto con José Clemente Orozco y Pablo O'Higgins. Después, nada.
Abandonada en la pobreza y el silencio, la mujer de
talentos inigualables, de decisiones revolucionarias, que defendió
apasionadamente su libertad y quien entró en el siglo XX abriendo camino para
otras mujeres, murió olvidada en 1978.
"Independiente fui, para no permitir pudrirme sin renovarme; hoy,
independiente, pudriéndome me renuevo para vivir. Los gusanos no me darán fin
[...] Y la madre tierra me parirá y naceré de nuevo, de nuevo ya para no
morir..." (Nahui Olin).
Aurora Reyes: Amazona
arrebatada
"Soy completamente primitiva y salvaje. Amo por
encima de todo la libertad", palabras de una mujer feroz, apasionada, rebelde y
brava. Aurora Reyes, pintora y poetisa,
fue una revolución, tanto en sus creencias como en sus pasiones, y para ejemplo
basta mencionar que fue la primera
muralista mexicana, libertaria, defensora de sus derechos y apasionada de su
feminidad.
Nació en 1908 en Parral, Chihuahua. Por diferentes
acontecimientos, su familia se trasladó
a la Ciudad de México, donde Aurora vivió en la miseria, vendiendo pan
que su madre horneaba en el mercado de La Lagunilla. Sin embargo, continuó
estudiando y fue a los 13 años cuando ingresó a la Escuela Nacional
Preparatoria (ENP), combinando sus cursos con las clases nocturnas en la
Academia de San Carlos.
A los 18 años se enamoró de Manuel de la Fuente,
quien la embarazó y le prometió matrimonio pese a estar casado. Se les
encarceló por bigamia. El padre de Aurora la sacó de la cárcel y desde 1927 se
dedicó a la docencia. En 1936 realizó el primer mural pintado por una mujer: Atentado
a las maestras rurales. También, en 1979, develó El primer encuentro,
mural sobre la historia del barrio de Coyoacán en una escuela del lugar.
Escribió innumerables libros de poesía y pintó
cuadros representativos de la escena mexicana. Otro de sus intereses fue la reivindicación
de la mujer: impulsó la creación de guarderías para los hijos de madres
trabajadoras y apoyó el voto femenino. Con el tiempo su voz fue censurada.
Murió en 1985, castigada con la indiferencia. Sus cenizas fueron sepultadas en
su casa de Coyoacán, bajo las raíces de una magnolia que ella misma había
plantado porque...
"[...] Aurora Reyes fue la magnolia iracunda, una
suerte de perfume levantado en armas, de pétalo contestatario, aroma que de
pronto se vuelve lumbre, [...] una flor llena de rabia que solamente se
apacigua cuando toca el perfil de los ídolos pétreos y desde esas entidades
reacomoda los pensamientos para ganar al presente". (López Moreno)
Frida Kahlo: ¡Viva la vida!
"Me pinto a mí misma porque estoy sola con
frecuencia. Soy el tema que conozco mejor".
La frase de una mujer que vio en la pintura su escape a una tierra llena
de infamia. Y digo esto porque ella tenía del mundo una visión distinta, sus
ojos lo pintaban desde el dolor. Su obra es la de una luchadora incansable, la
de una mujer que rebasó los límites y se volvió una leyenda eterna.
La vida de Frida Kahlo, por todos conocida, fue
marcada por la casualidad. A los 16 años, cuando viajaba en un tranvía de la
Ciudad de México, sufrió un accidente que la dejaría semiparalítica: el resto
de sus años los pasaría postrada en una cama o en silla de ruedas. Sobre esto,
dijo: "Como era joven, esta desgracia
no tomó entonces rasgos trágicos; sentía energías suficientes para hacer
cualquier cosa en lugar de estudiar para médico. Y sin darme cuenta comencé a
pintar".
A partir de ese instante, la mujer de personalidad
extraordinaria comenzó a transformar sus ideales políticos, revolucionarios y
el amor por su vida en colores, combinándolo con su herencia de poliomielitis
infantil, la convalecencia, los abortos, su sexualidad andrógina, su feminismo
feroz y su muerte temprana.
La eventualidad volvió a hacerla su presa y el
destino la obligó a conocer a Diego Rivera, quien le hizo conocer en carne viva
el dolor, la rabia y los celos; sin embargo, ella nunca lo abandonó, porque su
pasión era más fuerte: "[...] Considero más sincero escribir solamente sobre el
Diego que yo creo haber conocido un poco en estos 20 años en que he vivido
cerca de él. No hablaré de Diego como de mi esposo, porque sería ridículo;
Diego no ha sido jamás ni será esposo de nadie. Tampoco como de un amante,
porque el abarca mucho más allá de las limitaciones sexuales, y si hablará de
él como un hijo no haría sino escribir o pintar mi propia emoción, casi mi
autorretrato, no el de Diego".
La mejor forma de describir a esta mujer de paso
incansable es a través de sus retratos pintados a lo largo de su corta
producción artística, alrededor de 150 óleos. Quizá el más espeluznante y
maravilloso lleva por nombre Las dos Fridas, un cuadro con sólo dos
almas: una ingenua y otra narcisista, una libre y otra esclavizada, una
resignada y otra revolucionaria. Dos mujeres con el corazón a la vista,
sentadas y tomadas de la mano. La Frida de la izquierda lleva un vestido blanco
antiguo, manchado de sangre. Frida de la derecha viste las ropas tradicionales
que tanto gustaban a la pintora. Las dos te observan, afirmándose agradecidas a
la vida, por tanta belleza y tanto dolor.
Su pincel fue admirado por grandes pintores
nacionales e internacionales, pero fue hasta los últimos años de su vida cuando
montó sus primeras exposiciones. La última que vieron sus ojos, la más
memorable. En abril de 1953 se inauguró la primera gran exposición de Frida en
México, cuando ella estaba a punto de morir -el pie se le ulceraba, la espalda
se le torcía, su obsesión por tener hijos no desaparecía, estaba enganchada a
diferentes aparatos y su alma era prisionera de corsés de hierro-.
Los organizadores supusieron que ella no
iría, pero Diego la mandó en su cama. La gente la saludaba, efervescente. Y
ella se despedía. Seguramente Frida es
ahora una de las pintoras más conocidas de la historia, pero también el tiempo
calló su voz. La fama de su vida rebasó a su obra, pero nada de esto le
importó porque ella estuvo aquí sólo
para vivir y cuando partió lo hizo satisfecha, como lo dice en una de sus
frases más célebres: "Espero alegre la salida y espero no volver jamás".