El villano que se robó la eternidad. Ése es Galán. Siempre Narciso,
obsesionado, pintando su imagen. El pintor disfrutó cada minuto. Ya fuera entre
alegrías o tormentos. El quiso vivir y no sólo sobrevivir. Hizo de su vida una
obra de arte. Prefirió ser diferente: su rostro matizado en todo rincón; uñas
pintadas de negro; enormes rocas en sus dedos; crucifijos al cuello; ropas
extravagantes; un sombrero con un quetzal en la copa y una mente desesperada.
Siempre dio un paso más allá de la razón. Siempre un alto justo antes de
estrellarse contra el piso.
Pensando en ti llegó a la capital. Las obras de un gran pintor,
quien nunca tuvo miedo de retar al arte mexicano, se apoderan de las salas del
museo del Antiguo Colegio de San Idelfonso. Temas como la lucha entre el
realismo y surrealismo, el erotismo, la mutilación religiosa, la tempestad, el
dolor y un alma gritando en silencio, recibirán a todo aquel que se aventure a
visitar a Galán en su mundo frenético y delirante.
Un poco de su esencia...
Cuestión de tiempo. "El niño terrible del arte mexicano", como lo
calificó la crítica de arte Ana María Battistozzi, nació en Coahuila en 1959.
Luego de estudiar por algunos años arquitectura en la Ciudad de México, el
artista decidió revelarse contra sus raíces. Aquel mundo de hombres, de
sombreros y caballos. Galán encontró escape a su infierno en la pintura. Un
acierto que lo transformaría, en muy poco tiempo, en el contrapunto del
tradicional arte mexicano.
El salto a la fama. En 1989, ese sentimiento de insatisfacción
llevó al artista a probar fortuna en la ciudad de Nueva York. Seis años de
estancia en esa metrópoli le permitieron ser reconocido por galeristas que
encontraron en sus obras un México nuevo. Una salida de lo habitual. Una memoria
herida por la nostalgia de su tierra. Centenares de autorretratos mágicos,
inusuales, donde no todo es bello. Sus obras mostraron en la Gran Manzana un
dolor sereno y terrible al mismo tiempo.
Galán montó para 1992 una
exposición en Ámsterdam y posteriormente en recintos de París, Miami y, por
supuesto, en su gran selva urbana: Nueva York. En México expuso en el DF,
Oaxaca y Monterrey.
De todos sus espejos, exactamente
120 óleos en la muestra de San Idelfonso, me atrevo a separar sólo uno del
tiempo y el olvido. En este caso, una pintura de 1985, titulada "Me quiero
morir". Al centro, un barón afeminado. El lado rosa de Galán. Pálido. Dejando
al descubierto su sufrimiento. Y en contraste, al hombre lo rodean colores
vivos, adornos de fiesta y una bandera mexicana tras él. Lo más particular es
su brazo encadenado. Quizá expresando su impotencia, su frecuente tortura y
soledad.
La traigo hasta aquí porque es en
esta obra donde el pintor dejó ver un cuadro con tanta vida y con tanta muerte.
Como si tratará de descubrir cuál sería su final. Dicen que todo hombre
creativo parte joven. Y quizá es cierto. Han pasado dos años desde que Julio
Galán murió, víctima de un derrame cerebral, a sus 47 años. Su final fue duro.
Se llevó un reconocido honor internacional. Y un ausente homenaje por parte de
su tierra.
Enemigo público. Julio se peleó con lo común. Tal fue su
paralelismo que su amigo, el pintor Andy Warhol, le pronosticó que dejaría
huella. Y no estaba equivocado. Hasta el día de hoy, Galán continúa siendo el
villano de su público. Desde los años 80 sumerge al espectador en su propia
demencia. Primero provoca un shock psíquico en el espectador con lo inesperado.
Y al final lo despoja de cada emoción provocada. Era su alimento. Y hoy es el
complemento de sus fantasías privadas expuestas.
Y sólo basta leer las palabras
del periodista Javier Villareal Lozano para corroborar su papel de villano:
"Excéntrico, complejo, a ratos insoportable. Julio Galán era capaz de
desconectar a cualquiera, incluso irritar a más de uno. Pero tras su
extravagante personalidad, habla, sin duda, un gran pintor...".
Julio caminó a su ritmo. Siempre cazando sus secretos. Su materia
prima. "Mi obra es un psicoanálisis, refleja mi interior, es como un eco del
pasado en mi memoria. También revela mis pensamientos secretos, mis deseos, mis
miedos, el dolor y la muerte. El medio de la pintura me dio todas las
posibilidades para explorar mi propia identidad, de seguir el anhelo
existencial de reencontrarme conmigo mismo", confesó Galán alguna vez.
Y sigue vivo...
"Julio no caduca. Cuando vengan a
ver la obra será real el impacto, va a alentar a las nuevas generaciones, les
va a dar más definición y yo creo que ahí, en ese punto, vamos a empezar a ver
la importancia de la obra que Julio guardó para nosotros", palabras del curador
de la exposición en San Idelfonso, Guillermo Sepúlveda.
Sí, Julio Galán murió. Pero, en
realidad, vive. Los paisajes de sus sueños lo inmortalizaron. Se reveló a sí
mismo como un extranjero en su propia alma. Y, justo en ese instante, se hizo
eterno.
La exposición estará hasta el 26
de octubre.