A lo lejos alguien tocaba el saxofón. La lluvia caía con fuerza.
Paseo de la Reforma, a lo largo de cuatro kilómetros, exhibía 71 bancas
de diferentes formas, cientos de autos circulando y el ruido clásico de
la capital. Sin embargo, ocultaba algo... un cúmulo de historias. Y así
empezó un sábado en la exposición “Diálogo de bancas”.
“Basta ya de tus sueños, ¿y los míos?”, preguntó la dama del
vestido rojo y bucles negros a su amante. Sentados sobre la banca para
obispos (de Gustavo Monroy) vino un silencio; sólo se miraron fijamente
el uno al otro. En ese instante, el joven, de cabellera rubia y pupilas
grises, la tomó de la mano.
El diluvio los cubría. Eran el espectáculo para muchos que, bajo algún techo alrededor, se escondían del agua.
El silencio dominó. Las dos cruces negras, respaldos de la banca,
fueron testigos de los cientos de palabras que, a través de sus ojos,
estos jóvenes gritaron.
Después, cesó la tormenta.
El barco de la vida
El viento agitaba las aguas que dejó la lluvia sobre el asfalto. Entre
estas corrientes navegaba un trasatlántico, presumiendo sus cuatro
chimeneas eminentes, varios pisos y su único pasajero, quien miraba
atentamente el océano de concreto agitarse con el viento. Era un
anciano que portaba una boina café y las arrugas que corrían por su
rostro.
“¿Qué si he viajado en barco? Llevo una vida en él. Mi viaje
aún no termina, todavía siento la brisa acariciar mi cara y cuando eso
acabe: anclaré”, relató el señor Martínez, mientras sostenía una
sombrilla entre sus manos que nunca abrió.
“Mis ropas están empapadas, pero créame, ¡no importa!”, explicó
el marino sentado sobre la Banca del Atlántico de Miguel Ángel
Alamilla.
Aunque el mensaje original de esta exposición era formar un
espacio de diálogo entre los capitalinos, las sillas formaron un
diálogo de historias, retratos de la vida de cada uno de los que se han
sentado en ellas.
Bajo el Ángel, un jarabe tapatío
El cielo se limpió de nubes, se pintó rojo y el calor llegó acompañado del jarabe tapatío.
Sudando y con sus manos húmedas, Juan Carlos, violinista de
profesión, tocaba las cuerdas de su instrumento entonando melodías del
folclore mexicano.
Aunque no había vestidos de todos colores agitándose al son de
los mariachis, Juan sí puso a bailar a un grupo de turistas
estadounidenses que, sin dejar de fotografiarlo, zapatearon con alegría
y singulares movimientos en la glorieta del Ángel de la Independencia.
El violín no paraba de sonar. Más personas llegaban al lugar. El humo
de cigarro aumentaba. La fiesta no terminaba. “Por esto vengo a
Reforma, me gusta la gente y más que se animen al son de las cuerdas”,
dijo el músico.
Entre los artistas de la exposición destacan las bancas de Alberto y
Francisco Castro Leñero, Saúl Kaminer, Luis Manuel Serrano, Noé Katz,
Naomi Siegmann, Manuel Felguérez, Vicente y Alba Rojo Cama, Eloy
Tarcisio, Pedro Friedeberg, Yvonne Domenge, entre otras.
De compañeras: la soledad y una tigresa
En este montón de emociones, también estaba la soledad reflejada
en un hombre. Descubierto por la puesta del sol, contemplaba circular a
los autos. Su mirada cansada expresaba su muerte paulatina por la
rutina, pero ese momento era distinto, por fin era libre. La costumbre
no lo mataría.
En esa banca (Tú y tres de Legorreta + Legorreta) había tres ocupantes:
el hombre, la soledad y el tiempo. Sin embargo, llegó una acompañante
más.
Los tacones dorados se aproximaban. Era una mujer –flaca,
vestida con minifalda púrpura y botox en los labios- atrapada en el
cuerpo de un hombre. Llegó a la banca, encendió un cigarro y tomó
asiento.
Sus ojos parecían dos tigres acechando y sus labios rojo carmín
susurraron algunas palabras directo al oído de su vecino; él se mantuvo
tieso y por su frente escurrieron algunas gotas de sudor.
Ella sacó de su bolso rosa una pequeña libreta, anotó un número y
arrancó la hoja. El hombre seguía inmóvil. Fingía mirar el movimiento
de la gente. De pronto, sonó su celular. ¡La campana lo salvó durante
cinco minutos! Todo ese tiempo, el hombre sostuvo el teléfono sobre su
oreja pero nunca abrió sus labios. Al colgar, se paró inmediatamente.
La tigresa atacó. Detuvo al solitario jalándolo de la mano y,
antes de que éste pudiera pronunciar una palabra, ella le metió en el
bolsillo del pantalón la hoja con el número.
La fémina tiró el tabaco y lo aplastó con el tacón. Encendió
uno nuevo. Caminó despacio, mientras el viento mecía sus cabellos
rubios y se apartó del lugar con el ocaso detrás.