A mediados de la década de los noventa, cuando el país se ahogaba con
el Fobaproa, mi joven mente no se imaginaba el futuro que nos
depararía.
No, no pensaba en devaluaciones y deuda externa, mucho menos en fraudes
electorales o circos del estilo. ¡Ah!, aquella época de ignorancia
absoluta... Aunque, pensándolo bien, no del todo. Tal vez no sabría a
detalle de las oscuras maniobras del ámbito político, pero ciertamente
no estaba ciega en cuanto a la vida real se refiere, incluso gracias a
ciertas caricaturas llegué a conocer algunos aspectos de lo que es
vivir en una “sociedad demócrata” y, en otras ocasiones, hasta me
enseñaban un poco de cultura popular.
Retomando eso de cultura popular, recuerdo una serie llamada Animaniacs
que pasaba todos los días en horario estelar, a eso de las cinco y
media de la tarde por canal cinco, válgame la redundancia. De niña fui
adicta a mami tele. Me la pasé horas frente a la cajita mágica viendo
programa tras programa, y cuando a Sarita (mi progenitora) se le
ocurría ver sus telenovelas, más tardaba ella en aburrirse que yo en
presionar para que le cambiara de canal ¾jamás me han gustado esos
dramas¾ y entretenerme con las tonterías de Yako, Wako y su hermana
Dot. Ésta serie estadounidense producida por Steven Spielberg y la
Warner realizaba continuamente críticas y parodias, muy bien
disfrazadas, a los personajes de la vida socio-política del país
vecino. Claro, esto yo no lo sabía.
Ahora que hago un rápido repaso mental, flash back, reafirmo la teoría de que en una caricatura se esconde la realidad viva.
Por ponerles un ejemplo, se acuerdan de “Pinky y Cerebro”, un
par de ratones blancos genéticamente alterados (vaya, pero si me sé la
canción: “Son Pinky, son Pinky y Cerebro,bro,bro,bro...”), pues apenas
me enteré que el dichoso cabezón está basado en Orson Welles, aquel que
en 1938 invadió las radios gringas con su adaptación al clásico La Guerra de los Mundos.
Desde el otro lado del charco llega un producto versátil en verdad y muy querido en tierra azteca, me refiero al anime. Candy Candy
es un claro ejemplo de los estragos que la dulzura y la falta de
sentido común pueden provocar en una mujer. Obviamente en México
tenemos nuestra propia versión, que aún sin las colitas se la pasa pena
tras pena, llorando por los hombres de su vida y todos le hacen la vida
miserable ¾ni siquiera le dejaron comprar las sábanas que a ella le
gustan-.
La nuestra en vez de decir “¡Antony!” diría “¡Chente!”; la pequeña Candy-Poli´s White Andrew con sus líos Bibriesca-Arthur, Antony-Vicente, los proyectos para la familia y la dirección (o presidencia) del Orfanato de la Señorita Pony´s México, serían la trama a visualizar.
Pero vámonos por lo hecho en México. Aquí, por si no lo sabían también
existen animaciones de categoría en las que se les enseña a los jóvenes
sobre la realidad, aunque de manera bonita. ¿No han notado cierto
parecido (aunque sea sólo físico) entre Katy la oruga y doña Elba
Esther Gordillo? Bueno, posiblemente me debrayé, pero de que... bueno, lo dejo a su criterio.
Es una lástima que en realidad no sea una hermosa mariposa, más
bien si ella fuese la protagonista posiblemente se convertiría en
dirigente de los gusanos y demás bichos que aparecen como extras, así
como de los villanos que en ésta ocasión exigirían sus derechos
simplemente por ser maestros, perdón, lo malos del cuento.
Como vemos, la ficción no siempre supera a la realidad, a veces está
demasiado emparejada con ella. ¿Quién se iba a imaginar que mientras
según yo me entretenía sanamente, en verdad lo que hacía era tomar una
lección alterna de lo que sería el futuro? Por eso señoras y señores,
mucho cuidado con lo que sus hijos ven, es mejor enseñarles el mundo
real aunque sea en dibujos animados.