Los grandes mercados mundiales, el capitalismo, la publicidad, el ocio, la violencia, los placeres superfluos con los que sobrellevamos la vida, la excesiva cantidad de información, la inconciencia, la indiferencia, la pobreza —tanto económica como mental—, la desintegración de las familias (y por consiguiente del utópico recuerdo de lo que significaba el término), junto a la pérdida de valores, son los retos a los que el ser humano se enfrenta.
Este nuevo ser es a lo que el doctor Enrique Rojas denominó como “El hombre light”, desde la publicación de su libro del mismo nombre en 1992; en él hace una reflexión sobre un nuevo individuo, producto de su tiempo, del estrés y la apatía. “Hombre sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones”, pero ¿es verdad?, ¿realmente existe esta quimera de vanidades o únicamente son las representaciones de un rígido psicólogo que no supo entender la vida moderna?
Y si fuera cierto, ¿vale la pena analizarlo? Podríamos creer que sí, pero también que no; al ser relativo, cada quien tiene su propia verdad y estará enfrascado en ella. Que exista la intolerancia, no es mi problema, dirán algunos; que el dinero maneje el mundo, tengo para pagarlo. No nos gusta verlo, pero ahí está.
Dentro del cuadro post-industrial que Rojas nos pinta, se entrelazan títulos como El conocimiento inútil de Jean Francois Revel, donde resalta que “nunca antes había sido tan abundante y prolija la información y nunca, sin embargo, ha habido tanta ignorancia”. ¿Cierto o falso?
¡Rayos, qué mal está el mundo!
Cada mañana al despertar nos encontramos con el noticiario matutino, disparando hechos y tragedias: “En Pakistán 156 muertos es el saldo que un atentado suicida deja tras los diversos ataques de un grupo armado... Esta mañana se registró un sismo de 8.0 grados en la escala Richter en las inmediaciones de China; se calcula que entre desaparecidos, heridos y muertos las pérdidas ascienden casi a 90 mil... Doce personas, 9 muchachos y 3 policías, mueren durante operativo en una antro de la Ciudad de México… Nuevo ataque del narco, van 20 muertos en cuatro días...”
Lo escuchamos, nos sorprende y quizá, y en el mejor de los casos, pudiera ser que digamos “¡rayos, qué mal está el mundo!”; después desayunaremos sin ningún inconveniente, estamos tan acostumbrados que sería absurdo indignarnos por tales sucesos.
La era de la información es precisamente eso, una era donde la información y el conocimiento fluyen de forma tan rápida y eficaz que difícilmente podemos detenernos a analizarla. Únicamente se acumula en nuestra mente, un montón de datos de los que nulamente seremos capaces de obtener algún provecho. Son tantos, tan variados y otras veces tan parecidos, que poco nos interesa si esta vez fueron uno o mil muertos en tal o cual lugar del mundo.
Nos hemos acostumbrado a creer que esas personas a las que les ocurren los desastres, que están en guerra o que a diario viven con miedo, se encuentran muy lejos. Ése es problema de “ellos” y aquí, en el mundo feliz donde vivimos bien informados (puesto que sabemos de la existencia de “ese otro mundo”), es imposible que algo así pueda ocurrirnos.
Nada nos afecta, todo es ajeno a mí y a ti, que estás cerca de mi mundo y en mi contexto. Esta manera de pensar, la indiferencia en su máxima expresión, el “sé lo que ocurre pero no me afecta” es lo que debemos recapacitar.
Y es que no nos damos el tiempo de analizar y formular nuestra propia visión de la realidad. El “no me afecta” es la barrera para evitar las preocupaciones y así continuar una vida sin sobresaltos.
¿Por qué?
Porque nos da miedo, flojera, todo está tan mal que para qué interesarse. Mañana será otra cosa, otro atentado, un nuevo fraude, el último adelanto científico, y no importará, porque ya nada sorprende, y estaremos ahí para verlo y desdeñarlo en cuanto la siguiente maravilla aparezca para sufrir la misma suerte.
Entonces, ¿de verdad es bueno ser light?