Hay miles de cosas que no me gustan cuando viajo, pero una de ellas, la peor, es que me revisen y me toqueteen cuando suena el detector de metales. Bueno, como sea eso se pasaría si el que lo hace fuera guapo y apuesto, pero para evitarnos los malos pensamientos, nos ponen a las chicas, a las más rudas de todo el cuerpo policial. Gracias.
Y hoy agrego otra cosa que detesto: que revisen y toqueteen mis juguetes sexuales. Sé que es mi culpa. ¿A quién se le ocurre poner su vibrador amarillo con forma altamente peligrosa en su maletita de cabina? Mea culpa.
Lo que sí me causa gracia es ver la cara de la gente de seguridad, en los controles de migración de una escala a otra en el continente europeo, cuando de pronto entre sus manos se encuentran con mi mediano, amarillo, suave, rinconero y bastante bien usado vibrador.
Mi sonrisa no se hace esperar ni tampoco la mal ocultada y disimulada sonrisa de medio lado de ellos. Sé que en ese momento piensan sucio y les miro entonces, pícara. Sobre todo, claro, está porque el que lo revisa no está para nada de malos bigotes.
Y me causa más gracia cuando lo abren para ver si en su peligroso interior se esconde algo terrible que me haga estallar un avión. Lo único que ese vibrador a detonado son cientos de orgasmos. Por suerte, sólo hay unas pilas solamente y se trata de un vibrador que simplemente llega a París con su dueña al lado para intentar darle el mejor uso posible. A limpiarlo religiosamente con desinfectante tan pronto llegue al hotel.
Así, con mi vibrador a la vista del mundo entero, hago mi entrada triunfal al avión que me llevará al país del amor, a la ciudad luz. Y entonces tan sólo salir del aeropuerto, tomo mi taxi y me encuentro nuevamente con esta maravillosa ciudad.
El clima es maravilloso, no hay demasiado calor pero lo suficiente para mostrar un poco de arriba y... de abajo. El cielo es sin nubes y con un azul claro que apenas es corrompido por los trazos de los aviones que lo surcan.
Y el río Sena, sus puentes, con los edificios bordeando las orillas parecen salidos de un cuadro en la sala de la casa de la abuela. Como escenario de película, con las calles que he visto muchas veces en las cintas francesas que tanto me encantan.
Llego al sitio que elegí para hospedarme en el que, por su altura y su ubicación, la torre Eiffel se ve desde la ventana. Lo pedí así y lo cumplieron. Entro a mi habitación y es lo primero que observo: un gran ventanal con la Eiffel, y al fondo un sol amarillo-naranja esplendoroso que me anuncia el atardecer en París.
Miro hacia abajo la ciudad y sus pequeñas calles. Sé desde ahora que muchas aventuras me tocará vivir allí en ellas.
Primera tarea: sacar la ropa de mis maletas, dejar mi vibrador amarillo en la mesilla de noche (limpio y desinfectado), el resto de mis juguetes en su caja especial y luego aventurarme a un café para alimentar a este cuerpecillo, comer un croissant y, al mismo tiempo, hacer mi itinerario sexual de turista poco común por estas tierras soñadas.
Segunda tarea, visitar lo que prioritariamente debe estar en la lista: el barrio rojo de esta ciudad cuyo recorrido contaré en la siguiente ocasión. ¡Nina está en París! ¡Síganme los perversos!
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¿Qué aventuras esperas leer en este viaje de Nina por París?